UNIVERSITÁ CA’ FOSCARI DI VENEZIA

 

Facoltà di Lingue e Letterature straniere

Corso di Laurea in Lingue e Letterature straniere

 

Tesi di Laurea

 

DESAPARECIDOS EN ARGENTINA: REFLEJOS EN EL IMAGINARIO POPULAR Y EN LAS ARTES

 

Relatore: Ch. mo Prof. FLAVIO FIORANI

Correlatore: Ch. mo Prof. MARTHA L. CANFIELD

 

SILVIA FAVARETTO

 

 

Anno Accademico 2000-2001

 

Prefacio

 

 

En esta tesis quisiera presentar los graves efectos que el fenómeno de la dictadura empezada en 1976 y la producción de desapariciones han proporcionado al pueblo argentino para demostrar cómo las heridas abiertas en el alma de la nación necesitan ser sanadas antes de emprender un camino hacia la justicia social, la democracia y el desarrollo económico, que no pueden sino basarse en una revaluación de lo sucedido, para que los tristes hechos que han devastado a la Argentina en el siglo XX no ocurran jamás.

En los siguientes capítulos voy a analizar las huellas profundas que han dejado, en el imaginario colectivo y en el arte argentino, la dictadura y la desaparición forzada de más que 30.000 personas, ya que creo haber divisado en los distintos ámbitos unos rasgos comunes y, de consecuencia, la creación de una simbología avalada por su recurrencia.

Por otra parte, es necesario añadir que el gran problema de las interpretaciones mítico-simbólicas es que se puede hacer decir a la obra aquello que no dice; por esta razón, intentaré basarme, en mi trabajo experimental, sólo en las asociaciones más frecuentes en un muestreo bastante variado que he recogido en Buenos Aires durante mis estadías y en particular en los meses de Diciembre de  2000 y Enero de 2001, así mismo aceptando que, cómo el tema de este ensayo es material “vivo” y sujeto a continuos cambios, su interpretación también se irá enriqueciendo con la aparición de más productos artísticos y de nuevos acontecimientos sociopolíticos.

Es preciso anotar también que la época en la que pasaron los eventos tomados en examen está relativamente cercana y, por esta razón, de alguna forma carecemos de perspectiva histórica, pero los 20 años que han pasado del final de la dictadura nos permiten echar un primer vistazo hacia atrás.

La angustia provocada por la desgastada identidad nacional y el deseo por una memoria negada son ciertamente de las cuestiones más trabajadas por separado y en su conjunto, y han sido objeto de estudio de muchos escritores y ensayistas. José Carlos González Boixo, en su hermosa introducción a La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, dice: “El individuo encuentra su identidad en tanto que es miembro de una comunidad y  lo que es y lo que será, él y su comunidad, dependerá de la “memoria” de ese pasado (…) La memoria se convierte en un símbolo de salvación, es el espejo en el que el hombre se reconoce, el lugar de reencuentro con su pasado que es, a la vez, su futuro”[1]. Hablando en este caso de la historia de México, Boixo sin embargo subraya algo que se ha vuelto común para el porvenir de la Argentina también, o sea que la única forma de evitar los errores del pasado es recordándolos y que es necesario reconstruir la memoria para creer en el futuro.

Memoria e identidad son dos de las temáticas que encontraremos muy a menudo en las obras que analizaré en los capítulos dedicados a cada arte. Es menester en este caso también precisar que por comprensibles razones de espacio, he tenido que escoger sólo unos ejemplos que fueran suficientemente representativos del género y en algunos casos, ha sido cruel e ingrato excluir de la mención los trabajos de muchos artistas válidos y significativos para la época. Lamentablemente, siendo este pequeño ensayo una tesis de laurea, no era esta la sede ideal para profundizar esta temática aunque me reserve una más completa investigación para los años en porvenir ya que el terreno artístico argentino sigue fértil y promete buenos frutos. Al mismo tiempo he tenido que excluir de este trabajo una de las artes más importantes: la literatura, ya que su análisis podría dar lugar a una tesis de por sí.

En fin, quiero testimoniar que durante las entrevistas y sondeos que recolecté en mis estadías en Argentina, he incursado muchas veces en el sentimiento fatalista de muchos, que sostienen que nada ha cambiado y nada cambiará y que los chicos que han muerto y han sido olvidados son la comprobación del perdurar de la injusticia y del mal gobierno. En otros casos, me he cruzado con opiniones que apoyan la amnistía y el indulto como el camino hacia la paz social y el progreso, ya que, como dicen, “son cosas que ya han pasado, ahora hay que olvidar y seguir adelante”.

Lo que yo creo, y quiero comprobar con este trabajo, es que no se puede construir un futuro sobre un pasado de muerte, injusticia y “amnesia”, y pienso, que si logramos entender eso, entonces los miles de desaparecidos no han muerto en vano. Lo cierto es que es necesario luchar contra la idea fatalista – ayudada por un cómodo olvido – de que los ciclos de poder han de repetirse irremediablemente, sin que el hombre pueda hacer nada.

Este escrito quiere ser, en efecto, un pequeño paso mío hacia el deseo que tengo de que el ciclo se rompa, para que los males de las generaciones pasadas no vuelvan a hacerse presentes, o que, por lo menos, nos encuentren preparados, listos para reconocer la tiranía disfrazada de “orden” social, y que la libertad de expresión tenga unos más conscientes defensores.

 

 

Introducción

 

 

La historia de un país asolado por los trastornos: la costumbre del caos como tradición endémica en una nación.

 

En este apartado veremos cómo la historia de Argentina ha sido constelada, desde el comienzo, por los cambios abruptos y la violencia. Empezaremos a analizar la historia reciente de Argentina considerando un personaje y símbolo fundamental para el pueblo, que sigue hoy en día causando muchas emociones, positivas o negativas.

 

 

El “Viejo” padre del pueblo, Eva y sus descamisados

 

Son los años 40 que ven la subida y la gloria del Coronel Juan Domingo Perón, importante icono de la historia Argentina contemporánea; hombre carismático y líder indiscutible del Justicialismo (luego nombrado Peronismo aprovechando la alta carga simbólica y el poder de aglomeración de masas de la imagen del coronel).

En el partido de Perón son incluidos miembros de las fuerzas militares, del movimiento obrero, de las clases populares y hasta de la burguesía industrial. Encabezadas por la figura sólida de Perón, las masas populares entran en la historia política de Argentina como protagonistas y respaldan a una junta militar que propone reformas sociales, nacionalismo económico, crecimiento industrial y el reconocimiento legal del gran aparato sindical reunido en la Confederación General del Trabajo (CGT).  Perón  perjudicó los intereses de los latifundistas con sus primeras maniobras económicas, y, en consecuencia, fue encarcelado y deportado en 1945. En esta ocasión, el coronel hubo de agradecerle a su esposa, la señora Eva Duarte de Perón (otra figura mitificada y elevada al status de “Santa Evita” por la fantasía popular) quien supo orquestar una reunión en la que más de 1.000.000 de “descamisados” aclamaron a Perón en la Plaza de Mayo para su regreso triunfante al poder. Desde 1946 hasta el 1949 es la época de oro del peronismo; basada en la relación paternalista de Juan con los trabajadores y el empeño social de Eva. El justicialismo, englobaba muchos sectores distintos de la sociedad y se proponía reconstruir a esta según un modelo corporativo. Perón, en efecto, había quedado fascinado por el modelo corporativo fascista de la Italia de los años 30 y era un gran admirador de Mussolini.

Debido a la situación de vulnerabilidad económica de los países  implicados en la Segunda Guerra Mundial, Argentina vivió un período de momentáneo resplandor económico, pero, con el pasar de los años, mientras la situación internacional volvía a la normalidad, no supo cómo desarrollar la industria para ser autosuficiente, según los deseos originarios del nacionalismo económico de Perón. Así que, en los años 50, la situación financiera del país empieza a empeorar y el poder de Perón pierde el apoyo de algunos militares liberales y, sobretodo, de la Iglesia. Como golpe final a la estabilidad y al consenso del peronismo, en 1952  Evita muere.

En 1955 Perón es destituido y se exilia en Paraguay primero, y luego en España. Al poder, en Argentina se suceden los generales Lonardi y Aramburu.

 

La sistematización de la violencia en los años 60 y 70

 

Son aquellos años agitados en los que triunfó la revolución castrista en Cuba (1959) con la consecuente formación de la poderosa figura mitológica del Che Guevara (él mismo argentino, y profundamente radicado en el imaginario colectivo nacional, como veremos luego). Frente a la victoriosa revolución cubana, las medidas represivas anticomunistas se fortalecen en todos los países de América latina, donde los regímenes dictatoriales serán, no sólo bienvenidos, sino apoyados por los Estados Unidos.

Los años 60 amanecen con la anulación de las reformas peronistas, con escasez de empleos y una inestabilidad política manifestada en diversos intentos de golpe de Estado. En el poder encontramos, en sucesión, al radical Frondizi, a Guido e Illia quien apoya las intervenciones de los Estados Unidos, país con serios intereses en el petróleo argentino.

En 1966 estalla el enésimo golpe militar, esta vez del general Onganía[2], quien, de inmediato, manifiesta su preocupación por disolver las organizaciones políticas y sindicales, e instala una fuerte censura y una acérrima persecución contra los disidentes. En los anales de la legislación argentina, vemos cómo el gobierno del “Onganiato” se auto-legitimaba: “Las fuerzas armadas observaron con creciente preocupación este permanente y firme deterioro. No obstante, no sólo no entorpecieron la acción del gobierno, sino por el contrario buscaron todas las formas posibles de colaboración, por la sugerencia, la opinión seria y desinteresada, el asesoramiento profesional, todo ello como intento sincero de mantener la vigencia de las instituciones y evitar males a nuestro sufrido pueblo argentino. Debe verse en este acto revolucionario, el único y auténtico fin de salvar a la república y encauzarla definitivamente por el camino de su grandeza”[3]. Pero las insurrecciones de la oposición guerrillera no tardan en llegar[4]. En 1969 ocurre la Revuelta en Córdoba: la CGT cordobesa decidió la huelga general y el poder ejecutivo declaró la ciudad zona de emergencia bajo mando militar. La policía trató de disolver la manifestación con gases lacrimógenos, pero se encontró con piedras en contra: la espontaneidad popular fue un rasgo esencial del paro ya que era evidente que lo ocurrido estaba lejos de ser obra exclusiva de la subversión: en las calles se veía el descontento de la gente. Al “cordobazo” siguió el “viborazo”, así llamado porque el gobernador Camilo Uriburo defino a los opositores como una “venenosa serpiente que se anida en la ciudad llena de valores morales que es Córdoba”. Ya veremos cómo esta imagen de algo enfermo para extirpar tendrá mucha suerte en la retórica dictatorial y en el imaginario colectivo. En 1970 los montoneros secuestran y matan al ex dictador Aramburu, después de unos procedimientos judiciales simulados, ya que se le acusaba al general de ser antiperonista y de haber tenido la responsabilidad de hechos ignominiosos como haber expatriado el cadáver de Eva Perón en 1956 además de ser responsable por  la ejecución ilegal de 27 peronistas. La guerrilla tenía el apoyo de una parte de la sociedad argentina. Este testimonio de sacerdotes riojanos[5] es escarificador de la correspondencia que tenían estas organizaciones en una parte de la opinión popular: “La violencia que usan unos grupos extremistas – aunque no la compartimos- la entendemos como efecto de la insensibilidad del gobierno ante los justos reclamos de un pueblo que nunca es escuchado. Nos preguntamos: ¿Por qué cuando el pueblo pide pacíficamente pan y trabajo se le responde con gases y cachiporras? (…) ¿Por qué si unos reclaman más justicia, más dignidad, se los trata de comunistas, de marxistas o subversivos? (...) ¿Por qué tantos encarcelamientos abusivos y arbitrarios? ¿Por qué tantas torturas? (…) Los sacerdotes firmantes denunciamos y repudiamos por ser antievangélica, toda esta campaña de silenciamiento, calumnias, delación, detenciones, crímenes, torturas”. En realidad lamentablemente la posición de la Iglesia no es tan homogénea y pronto habrán actos y declaraciones de apoyo a la dictadura, pero esto será tratado muy ampliamente más adelante.

En este año nace también el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo). Mientras los montoneros priorizaron la guerrilla urbana, el Ejército Revolucionario del Pueblo, guiado por Roberto Santucho[6], optó por la guerrilla rural y concentró su acción en la provincia de Tucumán (y a diferencia de los montoneros, el ERP continuó con las acciones armadas ininterrumpidamente, también durante el gobierno peronista). En Tucumán las fuerzas enviadas para reprimir los guerrilleros se dieron cuenta de que los del ERP eran 67 y las fuerzas policiales en esa misión eran compuestas por 4.000 hombres. Según los comentarios de los mismos policías, en particular según Ernesto Urien, entrevistado por Martín Andersen, “”No querían eliminar al enemigo, querían tener un problema latente como pretexto del golpe”[7].

Pues los años 70 empiezan con un clima de tensión y violencia entre la policía y los guerrilleros. En el poder se encuentran el general Marcelo Levinstone y, luego, Alejandro Lanusse. En 1972 ocurre la “masacre de Trelew”, en la cual 16 detenidos políticos son fusilados por los militares. Se trataba de unos guerrilleros que se habían fugado de la cárcel de Rawson, luego de matar a uno de los guardias. Los fugitivos llegaron al aeropuerto de Trelew y ahí se atrincheraron tomando como rehenes a los pasajeros en tránsito. Seis de los jefes guerrilleros lograron escaparse desviando un avión de línea en Chile, tirando al gobierno del general Lanusse en un estado de frenesí. Los otros fugitivos terminaron rindiéndose a la policía que les disparó sin piedad dejándolos casi todo muertos[8].

Desde el exilio Perón había alentado a los sectores juveniles, quienes se constituyeron en los protagonistas activos de la vuelta del caudillo al país. El descontento popular por el gobierno del país por parte de los militares se demuestra durante las elecciones del 1973, en las que triunfa, con Héctor Cámpora, el partido Justicialista. Todos los detenidos políticos son liberados, y en una oleada de entusiasmo, grupos de manifestantes hasta expropiaron colectivos que cumplían su recorrida normal y los utilizaron para trasladar a los detenidos en un salvaje regocijo de libertad.

El 20 de Junio 1973 casi tres millones de personas esperaban para festejar la llegada de Perón en lo que pasó a la historia como la “masacre de Ezeiza”: la derecha justicialista le disparó a las agrupaciones de montoneros y a la juventud peronista. Las filas justicialistas no son ya (aunque nunca lo hayan sido verdaderamente) tan homogéneas: el poder de cohesión ejercitado por Perón empieza a ser vacilante, ya que el mismo general, viejo y enfermo, se rodea de ministros y secretarios del ala de derecha del justicialismo, como José López Rega y José Ignacio Rucci. En sus declaraciones, el peronismo planifica el “Pacto social” que se propone más justicia social, la expansión de la actividad económica, una real democratización y la integración latinoamericana, pero en realidad pronto se produce un desencuentro entre la izquierda peronista y Perón; sobretodo los jóvenes se sintieron traicionados por su antiguo líder e ídolo. Los estudiantes habían oído hablar de la apertura a la izquierda de Perón, de sus afirmaciones en contra del imperialismo yanquis, y no se esperaban que el gobierno peronista diera la conducción económica al empresariado: el mismo líder, según lo que dice Rodolfo Terragno[9], les decía que, si querían “la patria socialista”[10], debían irse a otros partidos.

 

Los albores de la dictadura

 

Cuando Perón muere, en 1974, es presidente Isabelita, su tercera esposa, títere sin preparación en las manos del jefe de policía y del ministro de Bienestar Social (López Rega) quienes crean la lamentablemente famosa Triple A (Alianza Anticomunista Argentina). Se trata de una banda paramilitar instituida para asesinar a exponentes políticos y militantes de la izquierda, democráticos y progresistas. En realidad un dato llamativo es que ya no se hablaba de “terroristas” sino de subversivos, una palabra que podía abarcar a un profesor, un sacerdote, un opositor cualquiera, aunque no empuñase armas: el escenario de posibles víctimas se amplió de golpe. Empiezan los secuestros con un ritmo de uno cada dos días. Entre Julio y Septiembre de 1974 se producen 220 atentados de la Triple A.  A partir de entonces, los guerrilleros del ERP se refugian en los montes de Tucumán.

El ejército argentino persiguió a los “terroristas” fugitivos usando las tácticas anti-rebelión aprendidas en la Escuela de las Américas en Panamá, utilizando los métodos empleados por el ejército americano en la guerra del Vietnam, construyendo centros clandestinos de detención; otras preciosas enseñanzas les habían sido ofrecidas por las técnicas contrarevolucionarias usadas por el ejército francés en Indochina y Argelia.

Por su parte, los montoneros secuestraron al jefe de policía Villar y a dos empresarios. En 1976, en medio de un total vacío institucional, los militares deciden tomar el poder frente a la indiferencia de la mayoría de la población. Al contrario, en algunos sectores de la población el golpe tuvo un destacado consenso: ante la desencantada opinión pública los militares se presentaban como los únicos capaces de mantener el orden.

El golpe más sangriento y más devastador de la historia Argentina tiene fecha del 24 de Marzo de 1976. En ese día comenzó el tristemente célebre “Proceso de reorganización nacional”, cuyos principales artífices, en la primera fase, fueron: el general Jorge Videla por el Ejército, el Almirante  Emilio Massera por la Marina y el Brigadier Ramón Agosti por la Aeronáutica.

El terrorismo de Estado empezó con el más brutal uso de la tortura para obtener informaciones de los presos políticos y el uso sistemático del secuestro y de la desaparición para infundir miedo y paralizar los grupos de oposición. El método de la tortura era utilizado de una forma racional y sistemática, y eran empleadas técnicas psicológicas de destrucción de la personalidad de los detenidos. Entre las horrorosas prácticas de los inhumanos verdugos ejecutores de los órdenes de la Junta, impresiona, por su crueldad, la costumbre de hacer simulacros de fusilamientos y la creación de un sistema de apropiación y adopción ilegal de los bebés de las detenidas. La mayoría de los desaparecidos terminaban su viaje en el infierno volcados al río (“Se les decía que serían evacuados a algún penal en el sur y por ello debían ser vacunados, así recibían una primera dosis de anestesia, antes de ser arrojados desnudos a las aguas del Atlántico Sur, desde los aviones  en vuelo”[11]) o fusilados , quemados y enterrados en fosas comunes, cubiertos por cal viva: “Si no morían por las balas, lo hacían por el fuego, porque las fosas se llenaban con cubiertas, leña y aceite quemado.”[12].

En la proclama del gobierno militar, aparecido en el diario “Clarín” de Marzo de 1976, escriben los comandantes de la junta: “(…) Esta decisión persigue el propósito de terminar con el desgobierno, la corrupción y el flagelo subversivo (…) Por medio del orden, del trabajo, de la observancia plena de los principios éticos y morales, de la justicia, de la realización integral del hombre, del respeto a sus derechos y dignidad así la República llegará a la unidad de los argentinos y a la total recuperación del ser nacional (…) A partir de este momento, la responsabilidad asumida impone el ejercicio severo de la autoridad para erradicar definitivamente los vicios que afectan al país”[13]. Más adelante veremos cómo este lenguaje llegará a ser muy común, ya que la junta se consideraba la única institución que se había preservado del contagio de una sociedad enferma, usando en su retórica, como hemos ya mencionado, muchas veces la metáfora de cáncer, por significar la subversión y la acción de los militares como necesariamente violenta para extirpar del cuerpo social a los elementos extraños: el enemigo se encontraba en el seno de la sociedad. La iglesia también tuvo su parte de culpa, que quedan muy claras en las afirmaciones del Obispo Victorio Bonamín, quien decía que la represión era un baño de sangre purificador por los pecados del pueblo argentino: según algunos eclesiásticos la persecución a los subversivos era necesaria como una guerra santa, o como la Inquisición que mataba el cuerpo para salvar el alma. Las implicaciones psicológicas sobre este punto serán consideradas en las próximas páginas. Otros curas, como el Padre Carlos Mujica, que no apoyaban a la Junta, fueron asesinados brutalmente, muchas veces en sus propias parroquias.

La censura del gobierno militar es otro tema muy fuerte para considerar aunque, sin duda, cuando se instauró la junta hacía ya varios años que funcionaba una ley antisubversiva que prohibía la difusión de ideologías “extrañas al ser nacional argentino”. La censura, desde 1976, aumentó hasta alcanzar niveles extremos y casi grotescos: como testimonia el diario “Página 12”, en su edición del 10 de diciembre de 1995, “En un stand de libros universitarios encontraron un manual para estudiantes de ingeniería llamado Cuba electrolítica y, sin más explicaciones, no sólo se lo llevaron detenido, sino que también, por las dudas, lo prohibieron. Seguramente no tomaron en cuenta que la cuba es un recipiente para depositar líquidos, muy utilizado en diversos experimentos, y que electrolítico no es un adjetivo superlativo”. Además de estos casos casi graciosos, la junta prohibió libros como Rojo y negro de Stendhal o El principito de Antoine de Saint-Exupery, las Memorias de (¡Groucho!) Marx,  para no hablar de prohibiciones ridículas como la de la matemática moderna, ya que asociaban la Teoría de Conjuntos con la subversión. Duras críticas a la censura llegaron de María Elena Walsh, quien hablaba de “anticonceptivos mentales” y lamentaba que sólo se pudiese acceder a “libros extranjeros preseleccionados, a un cine mutilado, a noticias veladas, a dramatizaciones mojigatas”[14].

Las principales consecuencias del gobierno de la junta fueron: la desaparición de casi 30.000 personas, la apropiación de más de 500 bebés, el exilio de 2.000.000 de disidentes (por la mayoría refugiados en México, España y Francia) y la desarticulación de las organizaciones sociales, además del origen de la cuantiosa deuda externa que hoy día aqueja a la Argentina. El Ministro de Economía durante los primeros 5 años del proceso militar fue José Martínez de Hoz, quien intentó combatir la inflación con medidas drásticas, como el control de los salarios.

En la proclama de la junta del día del golpe leemos las palabras “Ser nacional”, que, por supuesto, abarcaba el ideal de hombre “occidental y cristiano”. Lo que no entraba en este angosto binomio era subversivo, era enfermo, era para extirpar, así como prometen los generales en las siguientes palabras extraídas de la misma proclama: “(…) se desterrará toda demagogia”. Ninguna forma de oposición hubiera sido tolerada, ni la más pacífica, y esto apareció claro con lo ocurrido al escritor Rodolfo Walsh, quien escribió una carta abierta a la Junta, al cumplirse un año del golpe, denunciando las injusticias cometidas y los escasísimos logros económicos por parte del pueblo durante la gestión de los militares. En la carta, Walsh acusa: “(…) muchos de esos rehenes son delegados sindicales, intelectuales, familiares de guerrilleros, opositores no armados, simples sospechosos a los que se mata para equilibrar la balanza de las bajas según la doctrina de cuenta-cadáveres que usaron los SS en los países ocupados y los invasores en Vietnam”[15]. Otro aspecto para ser considerado es el paralelo que, como hemos visto, a menudo se hace entre lo ocurrido en Argentina y el holocausto o el Vietnam, y lo profundizaremos luego. La carta abierta de Walsh sigue con estas claras acusaciones: “(…) Veinticinco cuerpos mutilados afloraron entre marzo y octubre de 1976 en las costas uruguayas, pequeña parte quizás del cargamento de torturados hasta la muerte en la Escuela de Mecánica de la Armada, fondeados en el Río de la Plata por buques de esa fuerza, incluyendo el chico de quince años, Floreal Avellaneda, atado de pies y manos, con lastimaduras en la región anal y fracturas visibles según su autopsia. Un verdadero cementerio lacustre descubrió en agosto de 1976 un vecino que buceaba en el lago San Roque de Córdoba (…)”[16]. En otro apartado consideraremos cómo la muerte relacionada al agua ha quedado imprimida en el imaginario colectivo, marcando mucho las representaciones artísticas también. Las valientes acusaciones de Walsh, terminan con una escalofriante toma de conciencia: “Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles”[17]. Rodolfo Walsh fue sacado de su casa al día siguiente, y figura todavía entre las filas de los miles de desaparecidos.

Muy llamativo, también, resulta el papel jugado por los Estados Unidos: el apoyo a la junta de las potencias extranjeras fue fundamental para su perdurar en el gobierno. La indigencia norteamericana se inserta en el proyecto de la Doctrina Nixon, así como la describe Eduardo Duhalde en su “El Estado terrorista Argentino”[18] : “reforzar la capacidad militar de los regímenes pro-norteamericanos escogidos en el tercer mundo y prepararlos para una función de policía dentro de la región”.

Es necesario también anotar que una generación entera ha sido físicamente eliminada, ya que la mayoría de los desaparecidos tenían entre los 20 y 35 años, y que estas personas hoy habrían constituido la clase dirigente de área progresista en el campo político, económico y social.

 

El epílogo del infierno

 

En 1977 comienzan las denuncias de las Madres de La Plaza de Mayo (sus primera presidenta, Azucena Villaflor de Devincenti también es una desaparecida), de los familiares, y al año siguiente, de las Abuelas. En 1978, la selección Argentina de fútbol gana,  como local, el campeonato mundial de dicho deporte: la victoria será utilizada por los militares para cubrir la matanza, la fuerte represión y la total ausencia de derechos humanos y civiles. En esos días se encontraba reunida en Buenos Aires la Comisión para los Derechos Humanos y la junta Militar hizo circular  a través de los medios el slogan y consigna: “los argentinos somos derechos y humanos”. En estos años nace también el CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales), que junto con el APDH (Asamblea Permanente por los Derechos Humanos) y el SERPAJ (Servicio Paz y Justicia) serán los valientes centros organizadores en defensa de los presos políticos. El líder del SERPAJ, Adolfo Pérez Esquivel, ganará, el año siguiente (1980), el premio Nobel de la Paz, habiendo sido, él mismo, catorce meses detenido, torturado y escapado por milagro a las aguas del Río.

En 1981 Roberto Viola sustituye a Videla y, poco tiempo después, le tocará a Leopoldo Galtieri encabezar la infame junta Militar.

El gobierno militar llegó entonces al 1982 cuestionado por muchos sectores de la sociedad, y en este mismo año la junta decide ocupar las islas  Malvinas-Falkland que, hacía 150 años, eran de propiedad inglesa, aunque constituyeran una reivindicación histórica de la Argentina. El intento del general Galtieri era el de recomponer la deteriorada posición del gobierno militar, y la junta procedió a reclutar jóvenes argentinos sin instrucción militar, la mayoría de los cuales eran de las provincias pobres del país. El suicidio argentino en esta empresa desesperada contra el ejército de la Marina inglesa guiado por la Señora Tatcher causó 800 muertos y fue vivido por la nación como un verdadero desastre. La desconcertada población expresó su rechazo a la junta en una masiva concentración en la Plaza de Mayo. Este acontecimiento trágico aceleró el proceso de desgaste que el régimen militar había iniciado. Comienza así el proceso de transición hacia la democracia, con Reinaldo Benito Bignone al poder. De esta época proviene la eliminación rápida de todos los archivos de la represión clandestina y el decreto de un autoindulto que exonera a los militares de las responsabilidades por los actos cumplidos durante la dictadura. El mal afamado “documento final” de la Junta, fue publicado por el diario “la Nación” el 29 de abril de 1983 y de las horrorosas afirmaciones que contiene, vale la pena mencionar algunas como ejemplo de cómo los militares trataron de lavarse las manos de lo ocurrido e impedir la proliferación de los pedidos de esclarecimiento provenientes de los organismos de derechos humanos: “Se cometieron errores. Las acciones así desarrolladas fueron la consecuencia de apreciaciones que debieron efectuarse en plena lucha, con la cuota de pasión que el combate y la defensa de la propia vida genera, en un ambiente teñido diariamente de sangre inocente, de destrucción, y ante una sociedad en la que el pánico reinaba. En este marco casi apocalíptico, se cometieron errores que, como sucede en todo conflicto bélico, pudieron traspasar, a veces, los límites del respeto a los derechos humanos fundamentales, y que quedan sujetos al juicio de Dios en cada conciencia y a la comprensión de los hombres (…) muchas de las desapariciones son una consecuencia de la manera de operar de los terroristas. Ellos cambian sus auténticos nombres y apellidos, se conocen entre sí por los que denominan nombre de guerra y disponen de abundante documentación fraguada (…) así algunos desaparecidos cuya ausencia se había denunciado, aparecieron luego ejecutando acciones terroristas. En otros casos, los terroristas abandonaron clandestinamente el país y viven en el exterior con identidad falsa”[19]. La junta se propuso, en este documento, negar hasta lo más evidente, lo comprobado: “Se habla, asimismo, de personas desaparecidas que se encontrarían detenidas por el gobierno argentino en los más ignotos lugares del país. Todo esto no es sino una falsedad utilizada con fines políticos, ya que en la República no existen lugares secretos de detención, ni hay en los establecimientos carcelarios personas detenidas clandestinamente”[20]. Varios informes recogidos por organismos de derechos humanos han documentado, gracias al testimonio de algunos sobrevivientes, la existencia y ubicación de más que 340 centros clandestinos de detención. Las declaraciones alucinantes de la junta merecen ser analizadas más en detalle posteriormente.

En 1983 las elecciones nombran al radical Raúl Alfonsín, quien empieza las prácticas para los juicios a los militares con la institución del organismo CONADEP[21], con el fin de recolectar denuncias y testimonios de las violaciones a los derechos humanos, horrores que pueden ser parangonados con el sistema de exterminio nazi. El informe armado por la CONADEP, editado bajo el nombre “Nunca Más”, contribuyó a la condena legal  y posteriormente al encarcelamiento de algunos de los culpables por las atrocidades cometidas. El juicio a la junta se transformó en un fenómeno mediático: filmado por la televisión argentina y seguido por millones de espectadores, tenía en el banco de los imputados a los principales responsables de tantos asesinatos. El almirante Massera, en esa ocasión afirmó: “No he venido a defenderme. Nadie tiene que defenderse por haber ganado una guerra justa”. Las condenas logradas durante el juicio, sin embargo, por causa de las presiones de los militares (como la movilización de Semana Santa de los “carapintadas” en 1987) no serían cumplidas: en 1986 se estatuye la “Ley del Punto Final” (un límite temporal de dos meses a las citaciones judiciales, pasado el cual ya no habría otras nuevas), y en 1987 la de la “Obediencia Debida”, que exculpaba masivamente a los subordinados. Esto significó la institucionalización de la impunidad y la liberación de todos los militares encarcelados, con excepción de los comandantes que, de la misma manera, serían indultados en 1990 por Carlos Menem, presidente desde 1989.

El presidente peronista acompañó al país en su crisis económica, fiscal e hiperinflacionaria durante los últimos años y se encuentra, en el momento en que se escribe, en arresto domiciliar por fraudes.

Los responsables de la matanza están, hoy en día, libres e impunes.

 

Los intentos de la justicia y sus opositores

 

Si bien, durante el gobierno de Raúl Alfonsín la Argentina había producido un caso raro de justicia legal en contra de una dictadura, las leyes de los años siguientes borraron todos los logros obtenidos en los tribunales argentinos y, la única forma de condena social en los años 90 ha debido llegar de los propios hijos de los desaparecidos (asociación H.I.J.O.S.) y de las acusaciones silenciosas (y no) de los pasos, en círculos, de las Madres de Plaza de Mayo. Las ancianas señoras que engruesan las filas de la asociación, en un contexto normal, quizás nunca se habrían empeñado políticamente, pero, con su aporte, han introducido en la lucha política fuertes elementos de novedad: desde 1977, todos los jueves, manifiestan silenciosamente ante la sede del gobierno, la Casa Rosada, su dolor lacerante frente la injusticia de ver libres e impunes los verdugos de sus hijos (analizaremos la organización de las Madres, sus posiciones y su sitio en el imaginario colectivo en los próximos capítulos y en las entrevistas adjuntadas como apéndice).

Las Madres se han ocupado, como lo han hecho algunos de los argentinos exiliados en otros países, de movilizar las consciencias internacionales para hacer justicia por lo menos en los países fuera de Argentina (muchos desaparecidos tenían ciudadanía europea también). La posición italiana, durante esos años, se destaca por el comportamiento honesto y valiente del Presidente de la República Italiana Sandro Pertini, quien fue uno de los pocos jefes de gobierno en enfrentarse a la junta argentina sin miedo a la incomprensión diplomática internacional. El Presidente Pertini envió un telegrama a la Junta, el día 29 de Abril de 1983: “El horripilante cinismo del comunicado con el cual se anuncia la muerte de todos los ciudadanos argentinos y extranjeros desaparecidos en Argentina en los trágicos años transcurridos bajo dictadura militar coloca a los responsables fuera de la humanidad civil. Expreso la indignación y la protesta mía y del pueblo italiano en el nombre de los más elementales derechos humanos, tan cruelmente humillados y pisoteados”. En fecha 3 de Mayo 1983, le contestó el gobierno argentino expresando su desdén por el telegrama recibido pues representaba una “evidente intromisión en los asuntos internos de la República Argentina”. De la conmovedora respuesta que Pertini, una vez más, hace llegar al general Reinaldo Benito Bignone, quiero citar algunas líneas: “No me interesa si otros jefes de Estado no han sentido el deber de protestar como he protestado yo. Peor para ellos. Cada uno actúa según su forma de sentir. Yo he protestado y protesto en nombre de los derechos civiles y humanos y en defensa de la memoria de las inermes criaturas víctimas de una muerte horrorosa. Es toda la humanidad la que debe sentirse herida y ofendida”[22].

 



[1] José Carlos Gonzáles Boixo, “Imaginar el pasado, recordar el futuro”, introducción a La Muerte de Artemio Cruz, Ediciones Cátedra, Madrid, 2000.

[2] Véase Fiorani, F., I paesi del Rio De la Plata, Giunti, Firenze, 1992, P.126.

[3] Pistarini – Varela – Alvarez, Anales de Legislación Argentina, Tomo XXVI-B, La Ley, Buenos Aires, 1966.

[4] Para una definición más detallada sobre las formaciones guerrilleras véase el tomo II de La voluntad, escrito por Eduardo Anguita y Martín Caparrós, Grupo editorial Norma Literatura, Buenos Aires, 1997.

[5] Sacerdotes riojanos, declaración aparecida en “Signos de Liberación”, CEP, Perú, 1973.

[6] Roberto "Robby" Mario Santucho nació en el seno de una familia numerosa de clase media ilustrada en la provincia de Santiago del Estero. Su padre de antigua militancia radical era muy respetado en la zona, habiendo desempeñado diversos cargos públicos por elección. por influencia de uno de sus hermanos mayores se hizo filoperonista. Pero su contacto con el proletariado, dedicado a las zafras en un contexto de explotación, lo llevo a acercarse a la izquierda marxista. Luego de los movimientos populares como el “cordobazo”, decidió construir un grupo de guerrilla de conceptos vanguardistas no pro soviético. Así nació el ERP (Ejercito revolucionario del pueblo) que realizo audaces golpes como el secuestro de la máxima autoridad de la Fiat en Argentina ( Sallustio) y los intentos de copamiento de importantes cuarteles en Azul y Córdoba. Su deseo principal era crear una federación guerrillera latinoamericana que enfrentara unido al capitalismo norteamericano. Se supone que el movimiento armado estaba infiltrado por inteligencia militar y conocían los detalles de la operación. Luego del golpe militar de marzo de l976, Santucho no quiso abandonar el país a pesar de los riesgos que corría. Una tarde del 19 de julio de l976 el departamento que ocupaba en La Tablada fue cercado por tropas del ejercito encabezadas por el capitán Leonetti - que hace un año lo rastreaba y luego de un corto tiroteo fue ultimado junto a una pequeña escolta. Su cadáver aún permanece desaparecido. (No hay un libro precisamente de corte histórico sobre Santucho aunque es recomendable: Héctor Ruiz Nuñez, Santucho, una pasión, Ed. Planeta, Buenos Aires, l986).

[7] Andersen, M., Dossier Secreto, Planeta, Buenos Aires,1993, p.166.

[8] Los sobrevivientes de Trelew contarán la historia de la matanza en el apasionante libro de Tomás Eloy Martínez, “La pasión según Trelew” (Buenos Aires, Editorial planeta, 1997). Como escribe el mismo Martínez, en el diario “Página 12”, el 30 de Agosto 1992, “un Estado que tiene fe en la justicia no debe responder nunca al terror con el terror. (…) Esa inseguridad terminaría por contaminar la vida cotidiana de los argentinos”.

 

[9] Terragno, R., Los 400 días de Perón, Colección Cuestionario, Ed. de La Flor, Buenos Aires, 1974.

[10] “La patria socialista” era la consigna que todos los jóvenes peronista cantaban al momento del regreso de Juan Domingo Perón a la Argentina. La idea de la patria socialista estaba mucho más conectada con la imagen de Evita que con la de Perón, cuyo partido nunca se prefiguró como socialista, sino populista.

[11] Ex militar Scilingo, en  Verbitsky,  H., El vuelo, Planeta, Buenos Aires, 1995.

[12] Ex gendarme Omar Torres, en “Revista Noticias”, Buenos Aires, 9 de Julio de 1995.

[13] proclama del gobierno militar, aparecido en el diario “Clarín” de Marzo de 1976.

[14] María Elena Walsh, en el diario “Clarín”, Buenos Aires,16 de agosto de 1979.

[15]  Walsh, R., carta abierta a la junta Militar, Operación masacre, p.32, Ediciones de La Flor, Buenos Aires,1988.

[16] Véase nota anterior.

[17] Véase nota anterior.

[18] Duhalde, E., El Estado terrorista Argentino, Argos, Buenos Aires, 1983.

[19] Documento Final de las Fuerzas Armadas, en “Diario La Nación”, Buenos Aires, 29 de Abril de 1983.

[20] Ibidem.

[21] Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, la cual compiló un informa editado por Eudeba bajo el nombre Nunca más donde hay una recopilación de testimonios de los sobrevivientes a los centros clandestinos de detención. La posición de esta comisión es, sin embargo, muy distinta, por ejemplo, de la de las Madres de Plaza de Mayo, como veremos en otro apartado.

[22] Pertini, S.,  telegrama al presidente argentino Reinaldo Bignone, en “diario Corriere della Sera”, Milán, 15 de Julio de 1983.