UNIVERSITÁ CA’ FOSCARI
DI VENEZIA
Facoltà di Lingue e Letterature straniere
Corso di Laurea in Lingue e Letterature straniere
Tesi di Laurea
DESAPARECIDOS EN
ARGENTINA: REFLEJOS EN EL IMAGINARIO POPULAR Y EN LAS ARTES
Relatore: Ch. mo Prof. FLAVIO FIORANI
Correlatore: Ch. mo Prof. MARTHA L. CANFIELD
SILVIA FAVARETTO
Anno Accademico 2000-2001
Prefacio
En esta tesis quisiera presentar los graves efectos que
el fenómeno de la dictadura empezada en 1976 y la producción de desapariciones
han proporcionado al pueblo argentino para demostrar cómo las heridas abiertas
en el alma de la nación necesitan ser sanadas antes de emprender un camino
hacia la justicia social, la democracia y el desarrollo económico, que no
pueden sino basarse en una revaluación de lo sucedido, para que los tristes
hechos que han devastado a la Argentina en el siglo XX no ocurran jamás.
En los siguientes capítulos voy a analizar las huellas
profundas que han dejado, en el imaginario colectivo y en el arte argentino, la
dictadura y la desaparición forzada de más que 30.000 personas, ya que creo
haber divisado en los distintos ámbitos unos rasgos comunes y, de consecuencia,
la creación de una simbología avalada por su recurrencia.
Por otra parte, es necesario añadir que el gran problema
de las interpretaciones mítico-simbólicas es que se puede hacer decir a la obra
aquello que no dice; por esta razón, intentaré basarme, en mi trabajo
experimental, sólo en las asociaciones más frecuentes en un muestreo bastante
variado que he recogido en Buenos Aires durante mis estadías y en particular en
los meses de Diciembre de 2000 y Enero
de 2001, así mismo aceptando que, cómo el tema de este ensayo es material
“vivo” y sujeto a continuos cambios, su interpretación también se irá
enriqueciendo con la aparición de más productos artísticos y de nuevos
acontecimientos sociopolíticos.
Es preciso anotar también que la época en la que pasaron
los eventos tomados en examen está relativamente cercana y, por esta razón, de
alguna forma carecemos de perspectiva histórica, pero los 20 años que han
pasado del final de la dictadura nos permiten echar un primer vistazo hacia
atrás.
La angustia provocada por la desgastada identidad
nacional y el deseo por una memoria negada son ciertamente de las cuestiones
más trabajadas por separado y en su conjunto, y han sido objeto de estudio de
muchos escritores y ensayistas. José Carlos González Boixo, en su hermosa
introducción a La muerte de Artemio Cruz
de Carlos Fuentes, dice: “El individuo encuentra su identidad en tanto que es
miembro de una comunidad y lo que es y
lo que será, él y su comunidad, dependerá de la “memoria” de ese pasado (…) La
memoria se convierte en un símbolo de salvación, es el espejo en el que el
hombre se reconoce, el lugar de reencuentro con su pasado que es, a la vez, su
futuro”[1]. Hablando en este caso de la historia de México, Boixo sin embargo subraya
algo que se ha vuelto común para el porvenir de la Argentina también, o sea que
la única forma de evitar los errores del pasado es recordándolos y que es
necesario reconstruir la memoria para creer en el futuro.
Memoria e identidad son dos de las temáticas que
encontraremos muy a menudo en las obras que analizaré en los capítulos
dedicados a cada arte. Es menester en este caso también precisar que por
comprensibles razones de espacio, he tenido que escoger sólo unos ejemplos que
fueran suficientemente representativos del género y en algunos casos, ha sido
cruel e ingrato excluir de la mención los trabajos de muchos artistas válidos y
significativos para la época. Lamentablemente, siendo este pequeño ensayo una
tesis de laurea, no era esta la sede ideal para profundizar esta temática
aunque me reserve una más completa investigación para los años en porvenir ya
que el terreno artístico argentino sigue fértil y promete buenos frutos. Al
mismo tiempo he tenido que excluir de este trabajo una de las artes más
importantes: la literatura, ya que su análisis podría dar lugar a una tesis de
por sí.
En fin, quiero testimoniar que durante las entrevistas y
sondeos que recolecté en mis estadías en Argentina, he incursado muchas veces
en el sentimiento fatalista de muchos, que sostienen que nada ha cambiado y
nada cambiará y que los chicos que han muerto y han sido olvidados son la
comprobación del perdurar de la injusticia y del mal gobierno. En otros casos,
me he cruzado con opiniones que apoyan la amnistía y el indulto como el camino
hacia la paz social y el progreso, ya que, como dicen, “son cosas que ya han
pasado, ahora hay que olvidar y seguir adelante”.
Lo que yo creo, y quiero comprobar con este trabajo, es
que no se puede construir un futuro sobre un pasado de muerte, injusticia y
“amnesia”, y pienso, que si logramos entender eso, entonces los miles de
desaparecidos no han muerto en vano. Lo cierto es que es necesario luchar
contra la idea fatalista – ayudada por un cómodo olvido – de que los ciclos de
poder han de repetirse irremediablemente, sin que el hombre pueda hacer nada.
Este escrito quiere ser, en efecto, un pequeño paso mío
hacia el deseo que tengo de que el ciclo se rompa, para que los males de las
generaciones pasadas no vuelvan a hacerse presentes, o que, por lo menos, nos
encuentren preparados, listos para reconocer la tiranía disfrazada de “orden”
social, y que la libertad de expresión tenga unos más conscientes defensores.
Introducción
La historia de
un país asolado por los trastornos: la costumbre del caos como tradición
endémica en una nación.
En este apartado veremos cómo la historia de Argentina ha
sido constelada, desde el comienzo, por los cambios abruptos y la violencia. Empezaremos
a analizar la historia reciente de Argentina considerando un personaje y
símbolo fundamental para el pueblo, que sigue hoy en día causando muchas
emociones, positivas o negativas.
El “Viejo” padre del pueblo, Eva y sus
descamisados
Son los años 40 que ven la subida y la gloria del Coronel
Juan Domingo Perón, importante icono de la historia Argentina contemporánea;
hombre carismático y líder indiscutible del Justicialismo (luego nombrado
Peronismo aprovechando la alta carga simbólica y el poder de aglomeración de
masas de la imagen del coronel).
En el partido de Perón son incluidos miembros de las
fuerzas militares, del movimiento obrero, de las clases populares y hasta de la
burguesía industrial. Encabezadas por la figura sólida de Perón, las masas
populares entran en la historia política de Argentina como protagonistas y
respaldan a una junta militar que propone reformas sociales, nacionalismo
económico, crecimiento industrial y el reconocimiento legal del gran aparato
sindical reunido en la Confederación General del Trabajo (CGT). Perón
perjudicó los intereses de los latifundistas con sus primeras maniobras
económicas, y, en consecuencia, fue encarcelado y deportado en 1945. En esta
ocasión, el coronel hubo de agradecerle a su esposa, la señora Eva Duarte de
Perón (otra figura mitificada y elevada al status de “Santa Evita” por la
fantasía popular) quien supo orquestar una reunión en la que más de 1.000.000
de “descamisados” aclamaron a Perón en la Plaza de Mayo para su regreso
triunfante al poder. Desde 1946 hasta el 1949 es la época de oro del peronismo;
basada en la relación paternalista de Juan con los trabajadores y el empeño
social de Eva. El justicialismo, englobaba muchos sectores distintos de la sociedad
y se proponía reconstruir a esta según un modelo corporativo. Perón, en efecto,
había quedado fascinado por el modelo corporativo fascista de la Italia de los
años 30 y era un gran admirador de Mussolini.
Debido a la situación de vulnerabilidad económica de los
países implicados en la Segunda Guerra
Mundial, Argentina vivió un período de momentáneo resplandor económico, pero,
con el pasar de los años, mientras la situación internacional volvía a la
normalidad, no supo cómo desarrollar la industria para ser autosuficiente,
según los deseos originarios del nacionalismo económico de Perón. Así que, en
los años 50, la situación financiera del país empieza a empeorar y el poder de
Perón pierde el apoyo de algunos militares liberales y, sobretodo, de la Iglesia.
Como golpe final a la estabilidad y al consenso del peronismo, en 1952 Evita muere.
En 1955 Perón es destituido y se exilia en Paraguay
primero, y luego en España. Al poder, en Argentina se suceden los generales
Lonardi y Aramburu.
Son aquellos años agitados en los que triunfó la
revolución castrista en Cuba (1959) con la consecuente formación de la poderosa
figura mitológica del Che Guevara (él mismo argentino, y profundamente radicado
en el imaginario colectivo nacional, como veremos luego). Frente a la
victoriosa revolución cubana, las medidas represivas anticomunistas se
fortalecen en todos los países de América latina, donde los regímenes
dictatoriales serán, no sólo bienvenidos, sino apoyados por los Estados Unidos.
Los años 60 amanecen con la anulación de las reformas
peronistas, con escasez de empleos y una inestabilidad política manifestada en
diversos intentos de golpe de Estado. En el poder encontramos, en sucesión, al
radical Frondizi, a Guido e Illia quien apoya las intervenciones de los Estados
Unidos, país con serios intereses en el petróleo argentino.
En 1966 estalla el enésimo golpe militar, esta vez del
general Onganía[2], quien, de inmediato, manifiesta su preocupación por disolver las
organizaciones políticas y sindicales, e instala una fuerte censura y una
acérrima persecución contra los disidentes. En los anales de la legislación
argentina, vemos cómo el gobierno del “Onganiato” se auto-legitimaba: “Las
fuerzas armadas observaron con creciente preocupación este permanente y firme
deterioro. No obstante, no sólo no entorpecieron la acción del gobierno, sino
por el contrario buscaron todas las formas posibles de colaboración, por la
sugerencia, la opinión seria y desinteresada, el asesoramiento profesional,
todo ello como intento sincero de mantener la vigencia de las instituciones y
evitar males a nuestro sufrido pueblo argentino. Debe verse en este acto
revolucionario, el único y auténtico fin de salvar a la república y encauzarla
definitivamente por el camino de su grandeza”[3]. Pero las insurrecciones de la oposición guerrillera no tardan en llegar[4]. En 1969 ocurre la Revuelta en Córdoba: la CGT cordobesa decidió la huelga
general y el poder ejecutivo declaró la ciudad zona de emergencia bajo mando
militar. La policía trató de disolver la manifestación con gases lacrimógenos,
pero se encontró con piedras en contra: la espontaneidad popular fue un rasgo
esencial del paro ya que era evidente que lo ocurrido estaba lejos de ser obra
exclusiva de la subversión: en las calles se veía el descontento de la gente. Al
“cordobazo” siguió el “viborazo”, así llamado porque el gobernador Camilo
Uriburo defino a los opositores como una “venenosa serpiente que se anida en la
ciudad llena de valores morales que es Córdoba”. Ya veremos cómo esta imagen de
algo enfermo para extirpar tendrá mucha suerte en la retórica dictatorial y en
el imaginario colectivo. En 1970 los montoneros secuestran y matan al ex
dictador Aramburu, después de unos procedimientos judiciales simulados, ya que
se le acusaba al general de ser antiperonista y de haber tenido la
responsabilidad de hechos ignominiosos como haber expatriado el cadáver de Eva
Perón en 1956 además de ser responsable por
la ejecución ilegal de 27 peronistas. La guerrilla tenía el apoyo de una
parte de la sociedad argentina. Este testimonio de sacerdotes riojanos[5] es escarificador de la correspondencia que tenían estas organizaciones en
una parte de la opinión popular: “La violencia que usan unos grupos extremistas
– aunque no la compartimos- la entendemos como efecto de la insensibilidad del
gobierno ante los justos reclamos de un pueblo que nunca es escuchado. Nos
preguntamos: ¿Por qué cuando el pueblo pide pacíficamente pan y trabajo se le
responde con gases y cachiporras? (…) ¿Por qué si unos reclaman más justicia,
más dignidad, se los trata de comunistas, de marxistas o subversivos? (...)
¿Por qué tantos encarcelamientos abusivos y arbitrarios? ¿Por qué tantas
torturas? (…) Los sacerdotes firmantes denunciamos y repudiamos por ser
antievangélica, toda esta campaña de silenciamiento, calumnias, delación,
detenciones, crímenes, torturas”. En realidad lamentablemente la posición de la
Iglesia no es tan homogénea y pronto habrán actos y declaraciones de apoyo a la
dictadura, pero esto será tratado muy ampliamente más adelante.
En este año nace también el ERP (Ejército Revolucionario
del Pueblo). Mientras los montoneros priorizaron la guerrilla urbana, el
Ejército Revolucionario del Pueblo, guiado por Roberto Santucho[6], optó por la guerrilla rural y concentró su acción en la provincia de
Tucumán (y a diferencia de los montoneros, el ERP continuó con las acciones
armadas ininterrumpidamente, también durante el gobierno peronista). En Tucumán
las fuerzas enviadas para reprimir los guerrilleros se dieron cuenta de que los
del ERP eran 67 y las fuerzas policiales en esa misión eran compuestas por
4.000 hombres. Según los comentarios de los mismos policías, en particular
según Ernesto Urien, entrevistado por Martín Andersen, “”No querían eliminar al
enemigo, querían tener un problema latente como pretexto del golpe”[7].
Pues los años 70 empiezan con un clima de tensión y
violencia entre la policía y los guerrilleros. En el poder se encuentran el
general Marcelo Levinstone y, luego, Alejandro Lanusse. En 1972 ocurre la
“masacre de Trelew”, en la cual 16 detenidos políticos son fusilados por los
militares. Se trataba de unos guerrilleros que se habían fugado de la cárcel de
Rawson, luego de matar a uno de los guardias. Los fugitivos llegaron al
aeropuerto de Trelew y ahí se atrincheraron tomando como rehenes a los
pasajeros en tránsito. Seis de los jefes guerrilleros lograron escaparse
desviando un avión de línea en Chile, tirando al gobierno del general Lanusse
en un estado de frenesí. Los otros fugitivos terminaron rindiéndose a la
policía que les disparó sin piedad dejándolos casi todo muertos[8].
Desde el exilio Perón había alentado a los sectores
juveniles, quienes se constituyeron en los protagonistas activos de la vuelta
del caudillo al país. El descontento popular por el gobierno del país por parte
de los militares se demuestra durante las elecciones del 1973, en las que
triunfa, con Héctor Cámpora, el partido Justicialista. Todos los detenidos
políticos son liberados, y en una oleada de entusiasmo, grupos de manifestantes
hasta expropiaron colectivos que cumplían su recorrida normal y los utilizaron
para trasladar a los detenidos en un salvaje regocijo de libertad.
El 20 de Junio 1973 casi tres millones de personas
esperaban para festejar la llegada de Perón en lo que pasó a la historia como
la “masacre de Ezeiza”: la derecha justicialista le disparó a las agrupaciones
de montoneros y a la juventud peronista. Las filas justicialistas no son ya
(aunque nunca lo hayan sido verdaderamente) tan homogéneas: el poder de
cohesión ejercitado por Perón empieza a ser vacilante, ya que el mismo general,
viejo y enfermo, se rodea de ministros y secretarios del ala de derecha del
justicialismo, como José López Rega y José Ignacio Rucci. En sus declaraciones,
el peronismo planifica el “Pacto social” que se propone más justicia social, la
expansión de la actividad económica, una real democratización y la integración
latinoamericana, pero en realidad pronto se produce un desencuentro entre la
izquierda peronista y Perón; sobretodo los jóvenes se sintieron traicionados
por su antiguo líder e ídolo. Los estudiantes habían oído hablar de la apertura
a la izquierda de Perón, de sus afirmaciones en contra del imperialismo
yanquis, y no se esperaban que el gobierno peronista diera la conducción
económica al empresariado: el mismo líder, según lo que dice Rodolfo Terragno[9], les decía que, si querían “la patria socialista”[10], debían irse a otros partidos.
Cuando Perón muere, en 1974, es presidente Isabelita, su
tercera esposa, títere sin preparación en las manos del jefe de policía y del
ministro de Bienestar Social (López Rega) quienes crean la lamentablemente
famosa Triple A (Alianza Anticomunista Argentina). Se trata de una banda
paramilitar instituida para asesinar a exponentes políticos y militantes de la
izquierda, democráticos y progresistas. En realidad un dato llamativo es que ya
no se hablaba de “terroristas” sino de subversivos, una palabra que podía abarcar
a un profesor, un sacerdote, un opositor cualquiera, aunque no empuñase armas:
el escenario de posibles víctimas se amplió de golpe. Empiezan los secuestros
con un ritmo de uno cada dos días. Entre Julio y Septiembre de 1974 se producen
220 atentados de la Triple A. A partir
de entonces, los guerrilleros del ERP se refugian en los montes de Tucumán.
El ejército argentino persiguió a los “terroristas”
fugitivos usando las tácticas anti-rebelión aprendidas en la Escuela de las
Américas en Panamá, utilizando los métodos empleados por el ejército americano
en la guerra del Vietnam, construyendo centros clandestinos de detención; otras
preciosas enseñanzas les habían sido ofrecidas por las técnicas
contrarevolucionarias usadas por el ejército francés en Indochina y Argelia.
Por su parte, los montoneros secuestraron al jefe de
policía Villar y a dos empresarios. En 1976, en medio de un total vacío
institucional, los militares deciden tomar el poder frente a la indiferencia de
la mayoría de la población. Al contrario, en algunos sectores de la población
el golpe tuvo un destacado consenso: ante la desencantada opinión pública los
militares se presentaban como los únicos capaces de mantener el orden.
El golpe más sangriento y más devastador de la historia
Argentina tiene fecha del 24 de Marzo de 1976. En ese día comenzó el
tristemente célebre “Proceso de reorganización nacional”, cuyos principales
artífices, en la primera fase, fueron: el general Jorge Videla por el Ejército,
el Almirante Emilio Massera por la Marina
y el Brigadier Ramón Agosti por la Aeronáutica.
El terrorismo de Estado empezó con el más brutal uso de
la tortura para obtener informaciones de los presos políticos y el uso
sistemático del secuestro y de la desaparición para infundir miedo y paralizar
los grupos de oposición. El método de la tortura era utilizado de una forma
racional y sistemática, y eran empleadas técnicas psicológicas de destrucción
de la personalidad de los detenidos. Entre las horrorosas prácticas de los
inhumanos verdugos ejecutores de los órdenes de la Junta, impresiona, por su
crueldad, la costumbre de hacer simulacros de fusilamientos y la creación de un
sistema de apropiación y adopción ilegal de los bebés de las detenidas. La
mayoría de los desaparecidos terminaban su viaje en el infierno volcados al río
(“Se les decía que serían evacuados a algún penal en el sur y por ello debían
ser vacunados, así recibían una primera dosis de anestesia, antes de ser
arrojados desnudos a las aguas del Atlántico Sur, desde los aviones en vuelo”[11]) o fusilados , quemados y enterrados en fosas comunes, cubiertos por cal
viva: “Si no morían por las balas, lo hacían por el fuego, porque las fosas se
llenaban con cubiertas, leña y aceite quemado.”[12].
En la proclama del gobierno militar, aparecido en el
diario “Clarín” de Marzo de 1976, escriben los comandantes de la junta: “(…) Esta
decisión persigue el propósito de terminar con el desgobierno, la corrupción y
el flagelo subversivo (…) Por medio del orden, del trabajo, de la observancia
plena de los principios éticos y morales, de la justicia, de la realización
integral del hombre, del respeto a sus derechos y dignidad así la República
llegará a la unidad de los argentinos y a la total recuperación del ser
nacional (…) A partir de este momento, la responsabilidad asumida impone el
ejercicio severo de la autoridad para erradicar definitivamente los vicios que
afectan al país”[13]. Más adelante veremos cómo este lenguaje llegará a ser muy común, ya que
la junta se consideraba la única institución que se había preservado del
contagio de una sociedad enferma, usando en su retórica, como hemos ya
mencionado, muchas veces la metáfora de cáncer, por significar la subversión y
la acción de los militares como necesariamente violenta para extirpar del
cuerpo social a los elementos extraños: el enemigo se encontraba en el seno de
la sociedad. La iglesia también tuvo su parte de culpa, que quedan muy claras
en las afirmaciones del Obispo Victorio Bonamín, quien decía que la represión
era un baño de sangre purificador por los pecados del pueblo argentino: según
algunos eclesiásticos la persecución a los subversivos era necesaria como una
guerra santa, o como la Inquisición que mataba el cuerpo para salvar el alma. Las
implicaciones psicológicas sobre este punto serán consideradas en las próximas
páginas. Otros curas, como el Padre Carlos Mujica, que no apoyaban a la Junta,
fueron asesinados brutalmente, muchas veces en sus propias parroquias.
La censura del gobierno militar es otro tema muy fuerte
para considerar aunque, sin duda, cuando se instauró la junta hacía ya varios
años que funcionaba una ley antisubversiva que prohibía la difusión de
ideologías “extrañas al ser nacional argentino”. La censura, desde 1976,
aumentó hasta alcanzar niveles extremos y casi grotescos: como testimonia el
diario “Página 12”, en su edición del 10 de diciembre de 1995, “En un stand de
libros universitarios encontraron un manual para estudiantes de ingeniería
llamado Cuba electrolítica y, sin más
explicaciones, no sólo se lo llevaron detenido, sino que también, por las
dudas, lo prohibieron. Seguramente no tomaron en cuenta que la cuba es un
recipiente para depositar líquidos, muy utilizado en diversos experimentos, y
que electrolítico no es un adjetivo superlativo”. Además de estos casos casi
graciosos, la junta prohibió libros como Rojo
y negro de Stendhal o El principito
de Antoine de Saint-Exupery, las Memorias
de (¡Groucho!) Marx, para no hablar de
prohibiciones ridículas como la de la matemática moderna, ya que asociaban la
Teoría de Conjuntos con la subversión. Duras críticas a la censura llegaron de
María Elena Walsh, quien hablaba de “anticonceptivos mentales” y lamentaba que
sólo se pudiese acceder a “libros extranjeros preseleccionados, a un cine
mutilado, a noticias veladas, a dramatizaciones mojigatas”[14].
Las principales consecuencias del gobierno de la junta
fueron: la desaparición de casi 30.000 personas, la apropiación de más de 500
bebés, el exilio de 2.000.000 de disidentes (por la mayoría refugiados en
México, España y Francia) y la desarticulación de las organizaciones sociales,
además del origen de la cuantiosa deuda externa que hoy día aqueja a la
Argentina. El Ministro de Economía durante los primeros 5 años del proceso
militar fue José Martínez de Hoz, quien intentó combatir la inflación con
medidas drásticas, como el control de los salarios.
En la proclama de la junta del día del golpe leemos las
palabras “Ser nacional”, que, por supuesto, abarcaba el ideal de hombre
“occidental y cristiano”. Lo que no entraba en este angosto binomio era
subversivo, era enfermo, era para extirpar, así como prometen los generales en
las siguientes palabras extraídas de la misma proclama: “(…) se desterrará toda
demagogia”. Ninguna forma de oposición hubiera sido tolerada, ni la más pacífica,
y esto apareció claro con lo ocurrido al escritor Rodolfo Walsh, quien escribió
una carta abierta a la Junta, al cumplirse un año del golpe, denunciando las
injusticias cometidas y los escasísimos logros económicos por parte del pueblo
durante la gestión de los militares. En la carta, Walsh acusa: “(…) muchos de
esos rehenes son delegados sindicales, intelectuales, familiares de
guerrilleros, opositores no armados, simples sospechosos a los que se mata para
equilibrar la balanza de las bajas según la doctrina de cuenta-cadáveres que
usaron los SS en los países ocupados y los invasores en Vietnam”[15]. Otro aspecto para ser considerado es el paralelo que, como hemos visto, a
menudo se hace entre lo ocurrido en Argentina y el holocausto o el Vietnam, y
lo profundizaremos luego. La carta abierta de Walsh sigue con estas claras
acusaciones: “(…) Veinticinco cuerpos mutilados afloraron entre marzo y octubre
de 1976 en las costas uruguayas, pequeña parte quizás del cargamento de
torturados hasta la muerte en la Escuela de Mecánica de la Armada, fondeados en
el Río de la Plata por buques de esa fuerza, incluyendo el chico de quince
años, Floreal Avellaneda, atado de pies y manos, con lastimaduras en la región
anal y fracturas visibles según su autopsia. Un verdadero cementerio lacustre
descubrió en agosto de 1976 un vecino que buceaba en el lago San Roque de
Córdoba (…)”[16]. En otro apartado consideraremos cómo la muerte relacionada al agua ha
quedado imprimida en el imaginario colectivo, marcando mucho las representaciones
artísticas también. Las valientes acusaciones de Walsh, terminan con una
escalofriante toma de conciencia: “Estas son las reflexiones que en el primer
aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de
esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido,
pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en
momentos difíciles”[17]. Rodolfo Walsh fue sacado de su casa al día siguiente, y figura todavía
entre las filas de los miles de desaparecidos.
Muy llamativo, también, resulta el papel jugado por los
Estados Unidos: el apoyo a la junta de las potencias extranjeras fue
fundamental para su perdurar en el gobierno. La indigencia norteamericana se
inserta en el proyecto de la Doctrina Nixon, así como la describe Eduardo
Duhalde en su “El Estado terrorista Argentino”[18] : “reforzar la capacidad militar de los regímenes pro-norteamericanos
escogidos en el tercer mundo y prepararlos para una función de policía dentro
de la región”.
Es necesario también anotar que una generación entera ha
sido físicamente eliminada, ya que la mayoría de los desaparecidos tenían entre
los 20 y 35 años, y que estas personas hoy habrían constituido la clase
dirigente de área progresista en el campo político, económico y social.
En 1977 comienzan las denuncias de las Madres de La Plaza
de Mayo (sus primera presidenta, Azucena Villaflor de Devincenti también es una
desaparecida), de los familiares, y al año siguiente, de las Abuelas. En 1978,
la selección Argentina de fútbol gana,
como local, el campeonato mundial de dicho deporte: la victoria será
utilizada por los militares para cubrir la matanza, la fuerte represión y la
total ausencia de derechos humanos y civiles. En esos días se encontraba
reunida en Buenos Aires la Comisión para los Derechos Humanos y la junta
Militar hizo circular a través de los
medios el slogan y consigna: “los argentinos somos derechos y humanos”. En
estos años nace también el CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales), que
junto con el APDH (Asamblea Permanente por los Derechos Humanos) y el SERPAJ
(Servicio Paz y Justicia) serán los valientes centros organizadores en defensa
de los presos políticos. El líder del SERPAJ, Adolfo Pérez Esquivel, ganará, el
año siguiente (1980), el premio Nobel de la Paz, habiendo sido, él mismo,
catorce meses detenido, torturado y escapado por milagro a las aguas del Río.
En 1981 Roberto Viola sustituye a Videla y, poco tiempo
después, le tocará a Leopoldo Galtieri encabezar la infame junta Militar.
El gobierno militar llegó entonces al 1982 cuestionado
por muchos sectores de la sociedad, y en este mismo año la junta decide ocupar
las islas Malvinas-Falkland que, hacía
150 años, eran de propiedad inglesa, aunque constituyeran una reivindicación
histórica de la Argentina. El intento del general Galtieri era el de recomponer
la deteriorada posición del gobierno militar, y la junta procedió a reclutar
jóvenes argentinos sin instrucción militar, la mayoría de los cuales eran de
las provincias pobres del país. El suicidio argentino en esta empresa
desesperada contra el ejército de la Marina inglesa guiado por la Señora
Tatcher causó 800 muertos y fue vivido por la nación como un verdadero
desastre. La desconcertada población expresó su rechazo a la junta en una
masiva concentración en la Plaza de Mayo. Este acontecimiento trágico aceleró
el proceso de desgaste que el régimen militar había iniciado. Comienza así el
proceso de transición hacia la democracia, con Reinaldo Benito Bignone al poder.
De esta época proviene la eliminación rápida de todos los archivos de la
represión clandestina y el decreto de un autoindulto que exonera a los
militares de las responsabilidades por los actos cumplidos durante la
dictadura. El mal afamado “documento final” de la Junta, fue publicado por el
diario “la Nación” el 29 de abril de 1983 y de las horrorosas afirmaciones que
contiene, vale la pena mencionar algunas como ejemplo de cómo los militares
trataron de lavarse las manos de lo ocurrido e impedir la proliferación de los
pedidos de esclarecimiento provenientes de los organismos de derechos humanos:
“Se cometieron errores. Las acciones así desarrolladas fueron la consecuencia
de apreciaciones que debieron efectuarse en plena lucha, con la cuota de pasión
que el combate y la defensa de la propia vida genera, en un ambiente teñido
diariamente de sangre inocente, de destrucción, y ante una sociedad en la que
el pánico reinaba. En este marco casi apocalíptico, se cometieron errores que,
como sucede en todo conflicto bélico, pudieron traspasar, a veces, los límites
del respeto a los derechos humanos fundamentales, y que quedan sujetos al
juicio de Dios en cada conciencia y a la comprensión de los hombres (…) muchas
de las desapariciones son una consecuencia de la manera de operar de los
terroristas. Ellos cambian sus auténticos nombres y apellidos, se conocen entre
sí por los que denominan nombre de guerra y disponen de abundante documentación
fraguada (…) así algunos desaparecidos cuya ausencia se había denunciado,
aparecieron luego ejecutando acciones terroristas. En otros casos, los
terroristas abandonaron clandestinamente el país y viven en el exterior con
identidad falsa”[19]. La junta se propuso, en este documento, negar hasta lo más evidente, lo
comprobado: “Se habla, asimismo, de personas desaparecidas que se encontrarían
detenidas por el gobierno argentino en los más ignotos lugares del país. Todo
esto no es sino una falsedad utilizada con fines políticos, ya que en la
República no existen lugares secretos de detención, ni hay en los
establecimientos carcelarios personas detenidas clandestinamente”[20]. Varios informes recogidos por organismos de derechos humanos han
documentado, gracias al testimonio de algunos sobrevivientes, la existencia y
ubicación de más que 340 centros clandestinos de detención. Las declaraciones
alucinantes de la junta merecen ser analizadas más en detalle posteriormente.
En 1983 las elecciones nombran al radical Raúl Alfonsín,
quien empieza las prácticas para los juicios a los militares con la institución
del organismo CONADEP[21], con el fin de recolectar denuncias y testimonios de las violaciones a los
derechos humanos, horrores que pueden ser parangonados con el sistema de
exterminio nazi. El informe armado por la CONADEP, editado bajo el nombre
“Nunca Más”, contribuyó a la condena legal
y posteriormente al encarcelamiento de algunos de los culpables por las
atrocidades cometidas. El juicio a la junta se transformó en un fenómeno
mediático: filmado por la televisión argentina y seguido por millones de
espectadores, tenía en el banco de los imputados a los principales responsables
de tantos asesinatos. El almirante Massera, en esa ocasión afirmó: “No he
venido a defenderme. Nadie tiene que defenderse por haber ganado una guerra
justa”. Las condenas logradas durante el juicio, sin embargo, por causa de las
presiones de los militares (como la movilización de Semana Santa de los
“carapintadas” en 1987) no serían cumplidas: en 1986 se estatuye la “Ley del
Punto Final” (un límite temporal de dos meses a las citaciones judiciales,
pasado el cual ya no habría otras nuevas), y en 1987 la de la “Obediencia
Debida”, que exculpaba masivamente a los subordinados. Esto significó la
institucionalización de la impunidad y la liberación de todos los militares
encarcelados, con excepción de los comandantes que, de la misma manera, serían
indultados en 1990 por Carlos Menem, presidente desde 1989.
El presidente peronista acompañó al país en su crisis
económica, fiscal e hiperinflacionaria durante los últimos años y se encuentra,
en el momento en que se escribe, en arresto domiciliar por fraudes.
Los responsables de la matanza están, hoy en día, libres
e impunes.
Si bien, durante el gobierno de Raúl Alfonsín la Argentina
había producido un caso raro de justicia legal en contra de una dictadura, las
leyes de los años siguientes borraron todos los logros obtenidos en los
tribunales argentinos y, la única forma de condena social en los años 90 ha
debido llegar de los propios hijos de los desaparecidos (asociación H.I.J.O.S.)
y de las acusaciones silenciosas (y no) de los pasos, en círculos, de las
Madres de Plaza de Mayo. Las ancianas señoras que engruesan las filas de la
asociación, en un contexto normal, quizás nunca se habrían empeñado
políticamente, pero, con su aporte, han introducido en la lucha política
fuertes elementos de novedad: desde 1977, todos los jueves, manifiestan
silenciosamente ante la sede del gobierno, la Casa Rosada, su dolor lacerante
frente la injusticia de ver libres e impunes los verdugos de sus hijos
(analizaremos la organización de las Madres, sus posiciones y su sitio en el
imaginario colectivo en los próximos capítulos y en las entrevistas adjuntadas
como apéndice).
Las Madres se han ocupado, como lo han hecho algunos de
los argentinos exiliados en otros países, de movilizar las consciencias
internacionales para hacer justicia por lo menos en los países fuera de
Argentina (muchos desaparecidos tenían ciudadanía europea también). La posición
italiana, durante esos años, se destaca por el comportamiento honesto y
valiente del Presidente de la República Italiana Sandro Pertini, quien fue uno
de los pocos jefes de gobierno en enfrentarse a la junta argentina sin miedo a
la incomprensión diplomática internacional. El Presidente Pertini envió un
telegrama a la Junta, el día 29 de Abril de 1983: “El horripilante cinismo del
comunicado con el cual se anuncia la muerte de todos los ciudadanos argentinos
y extranjeros desaparecidos en Argentina en los trágicos años transcurridos
bajo dictadura militar coloca a los responsables fuera de la humanidad civil. Expreso
la indignación y la protesta mía y del pueblo italiano en el nombre de los más
elementales derechos humanos, tan cruelmente humillados y pisoteados”. En fecha
3 de Mayo 1983, le contestó el gobierno argentino expresando su desdén por el
telegrama recibido pues representaba una “evidente intromisión en los asuntos
internos de la República Argentina”. De la conmovedora respuesta que Pertini,
una vez más, hace llegar al general Reinaldo Benito Bignone, quiero citar
algunas líneas: “No me interesa si otros jefes de Estado no han sentido el
deber de protestar como he protestado yo. Peor para ellos. Cada uno actúa según
su forma de sentir. Yo he protestado y protesto en nombre de los derechos
civiles y humanos y en defensa de la memoria de las inermes criaturas víctimas
de una muerte horrorosa. Es toda la humanidad la que debe sentirse herida y
ofendida”[22].
[1] José Carlos Gonzáles
Boixo, “Imaginar el pasado, recordar el futuro”, introducción a La Muerte de Artemio Cruz, Ediciones
Cátedra, Madrid, 2000.
[2] Véase Fiorani, F., I paesi del Rio De la Plata,
Giunti, Firenze, 1992, P.126.
[3] Pistarini – Varela –
Alvarez, Anales de Legislación Argentina,
Tomo XXVI-B, La Ley, Buenos Aires, 1966.
[4] Para una definición
más detallada sobre las formaciones guerrilleras véase el tomo II de La
voluntad, escrito por Eduardo Anguita y Martín Caparrós, Grupo editorial Norma
Literatura, Buenos Aires, 1997.
[5] Sacerdotes riojanos,
declaración aparecida en “Signos de Liberación”, CEP, Perú, 1973.
[6] Roberto "Robby" Mario Santucho nació en el
seno de una familia numerosa de clase media ilustrada en la provincia de
Santiago del Estero. Su padre de antigua militancia radical era muy respetado
en la zona, habiendo desempeñado diversos cargos públicos por elección. por
influencia de uno de sus hermanos mayores se hizo filoperonista. Pero su
contacto con el proletariado, dedicado a las zafras en un contexto de
explotación, lo llevo a acercarse a la izquierda marxista. Luego de los
movimientos populares como el “cordobazo”, decidió construir un grupo de
guerrilla de conceptos vanguardistas no pro soviético. Así nació el ERP
(Ejercito revolucionario del pueblo) que realizo audaces golpes como el secuestro
de la máxima autoridad de la Fiat en Argentina ( Sallustio) y los intentos de
copamiento de importantes cuarteles en Azul y Córdoba. Su deseo principal era
crear una federación guerrillera latinoamericana que enfrentara unido al
capitalismo norteamericano. Se supone que el movimiento armado estaba
infiltrado por inteligencia militar y conocían los detalles de la operación. Luego
del golpe militar de marzo de l976, Santucho no quiso abandonar el país a pesar
de los riesgos que corría. Una tarde del 19 de julio de l976 el departamento
que ocupaba en La Tablada fue cercado por tropas del ejercito encabezadas por
el capitán Leonetti - que hace un año lo rastreaba y luego de un corto tiroteo
fue ultimado junto a una pequeña escolta. Su cadáver aún permanece
desaparecido. (No hay un libro precisamente de corte histórico sobre Santucho
aunque es recomendable: Héctor Ruiz Nuñez, Santucho,
una pasión, Ed. Planeta, Buenos Aires, l986).
[7] Andersen, M., Dossier Secreto, Planeta, Buenos
Aires,1993, p.166.
[8] Los sobrevivientes de Trelew contarán la historia de la
matanza en el apasionante libro de Tomás Eloy Martínez, “La pasión según
Trelew” (Buenos Aires, Editorial planeta, 1997). Como escribe el mismo
Martínez, en el diario “Página 12”, el 30 de Agosto 1992, “un Estado que tiene
fe en la justicia no debe responder nunca al terror con el terror. (…) Esa
inseguridad terminaría por contaminar la vida cotidiana de los argentinos”.
[9] Terragno, R., Los 400 días de Perón, Colección
Cuestionario, Ed. de La Flor, Buenos Aires, 1974.
[10] “La patria socialista”
era la consigna que todos los jóvenes peronista cantaban al momento del regreso
de Juan Domingo Perón a la Argentina. La idea de la patria socialista estaba
mucho más conectada con la imagen de Evita que con la de Perón, cuyo partido
nunca se prefiguró como socialista, sino populista.
[11] Ex militar Scilingo,
en Verbitsky, H., El
vuelo, Planeta, Buenos Aires, 1995.
[12] Ex gendarme Omar
Torres, en “Revista Noticias”, Buenos Aires, 9 de Julio de 1995.
[13] proclama del gobierno
militar, aparecido en el diario “Clarín” de Marzo de 1976.
[14] María Elena Walsh, en
el diario “Clarín”, Buenos Aires,16 de agosto de 1979.
[15] Walsh, R., carta abierta a la junta Militar, Operación masacre, p.32, Ediciones de La
Flor, Buenos Aires,1988.
[16] Véase nota anterior.
[17] Véase nota anterior.
[18] Duhalde, E., El Estado terrorista Argentino, Argos,
Buenos Aires, 1983.
[19] Documento Final de las
Fuerzas Armadas, en “Diario La Nación”, Buenos Aires, 29 de Abril de 1983.
[20] Ibidem.
[21] Comisión Nacional
sobre la Desaparición de Personas, la cual compiló un informa editado por
Eudeba bajo el nombre Nunca más donde hay una recopilación de testimonios de
los sobrevivientes a los centros clandestinos de detención. La posición de esta
comisión es, sin embargo, muy distinta, por ejemplo, de la de las Madres de
Plaza de Mayo, como veremos en otro apartado.
[22] Pertini, S., telegrama al presidente argentino Reinaldo
Bignone, en “diario Corriere della Sera”, Milán, 15 de Julio de 1983.