Eugenia Bekeris.

El ritual de la tierra: sepultando angustias, pariendo esperanzas.

por Silvia Favaretto

 

Hay esculturas en la tradición neoclásica italiana donde los blancos rostros de las ninfas son caricias para la mirada del observante. Los dioses del mármol nos miran serenados y nos infunden paz, una sensación de harmonia que nos serena con nosotros mismos, que nos hace creer en la posibilidad de la belleza, ella sola, de salvar el mundo. Este sin duda no es el caso de la obra de Eugenia Bekeris. Los rostros que brotan de las paredes opacas de “El secreto” han sido paridos por las mismas entrañas de la artista, nacen del desgarramiento de su conciencia, desde la dura aceptación de convivir al lado de dos horrores: la tragedia judía que lleva en la sangre y la responsabilidad inconscia de ser portavoz, en cuanto artista, de la generación de los desaparecidos. Su instalación El secreto consiste de 200 máscaras y 40 torsos (moldes tomados de modelos vivos), montados sobre las paredes de un espacio oscuro de 60 metros cuadrados, que parece una cripta, en el cual el espectador entra con la sensación de entrar en un templo de la memoria. Eugenia es hija de sobrevivientes a la Shoa: sus parientes de Hungría y Lituania padecieron de inanición y enfermedades en el gueto de Budapest, y murieron en los campos de exterminio nazi. En ella y en su arte una doble tragedia está presente: haber sobrevivido a dos genocidios y cargar del peso del silencio y del olvido. Su personal batalla contra este peso ha sido un peregrinaje en  1997 a Polonia y Lituania donde visitó varios campos de concentración y consultó archivos judíos. La instalación que Eugenia ofreció al público es el resultado de una larga búsqueda, donde los confines geográficos han sido en realidad los más faciles, quizás, que cruzar, pues los límites que nosotros mismos imponemos a nuestras conciencias son mucho màs arduos, mucho más irtos. La instalación está completada por un vídeo y un librito que son su personal tributo a sus antepasados y un homenaje a la memoria, al recuerdo. Los sobrevivientes a la represión, como sus padres y todos los sobrevivientes de los centros de detención argentinos, han transferido a sus hijos el peso de la tragedia y las secuelas transgeneracionales de los traumas se perpetúan en las psiquis de los hijos que se ven obligados a completar con situaciones y personajes ficticios los espacios carentes de rostros e historias familiares[1].

He durante años investigado los resultados del arte plástico argentino relacionandolo al trágico fenómeno de los desaparecidos para intentar detectar hasta qué punto la tragedia de tantos secuestrados ha sido traumática no sólo para los parientes directos de la víctima. Un análisis detallado de mucho arte argentino de los últimos 25 años me ha permitido percibir cuánto, en cambio, el triste destino de los chicos desaparecidos arrastra consigo huellas que han quedado imprimidas en todo el imaginario popular de la generación que ha vivido esos años pero también de los más jóvenes que a través de medios como el arte aprenden a conocer su pasado, se encaran a la necesidad de memoria, elaboran un duelo que es generalizado, nacional. En el corpus de imágenes que he recolectado en mis permanencias en Buenos Aires, ayudada por mi familia y amigos, sobresalen en particular algunos elementos recurrentes también en el espléndido arte de Eugenia. Me quisiera detener entonces por un momento en una panorámica de los que son los símbolos más evidentes.

Todo arte que se refiere a periodos o a temáticas que abarcan las guerras (civiles y no) tiene algunos rasgos comunes en la representación del dolor que encontramos también en el arte de reacción a la represión de la Junta. Los iconos del dolor son elementos como jaulas y cadenas, imágenes de privación de libertad y cautiverio (aunque no todas las celdas de los centros clandestinos de detención tenían barras ni cadenas, según parece), así como el puñal o el hilo espinado, como otros elementos que se combinan con la idea de cárcel y barreras, conectados a veces con la corona de espinas de Jesús. Otras representaciones del dolor emplean lágrimas, símbolo del duelo nacional y sangre como testigo de vejaciones y heridas en el desaparecido así como en todo el cuerpo social. Pero los elementos que abundan y determinan la diferencia de estas pinturas, con respecto a otras sobre guerra y violencia en general, son una referencia constante a la imposibilidad de comunicar el dolor, de rebelarse a la falsedad, al olvido impuesto desde arriba: representativas de esta sensación común, entre los artistas que pintaron declaradamente contra la represión de la junta y en memoria de los desaparecidos, aparecen bocas abiertas en un grito de ayuda, un aullido de dolor que pide socorro, que pide que, por fin, la verdad sea escuchada: muchas son, entre las imágenes que poseo, las representaciones de la represión que muestran bocas abiertas, los cuerpos torcidos por el sufrimiento interno de algo que necesita ser sacado afuera, la injusticia que oprime el estómago, que quiere ser parida. Y más aún  manos abiertas de quien está ahondando y quiere que alguien lo ayude, lo escuche, se comprometa para salvarlo.

Otra imagen simbólica que recurre de una forma persistente es la representación clásica de los monitos mudos, sordos y ciegos, con algunas variantes, siempre a subrayar la acción de silenciamento de la junta y la actitud de avestruz de la clase media espectadora de las atrocidades cometidas por los militares. Otro elemento importante en las obras que tratan los desaparecidos son: los ojos ateridos, abiertos para siempre, choqueados por el horror pero amenazadores, al mismo tiempo, de que no, no se van a cerrar nunca y siempre van a estar mirando con reproche a los culpables, como sus conciencias. Los innumerables ojos abiertos son también espejo de los servicios secretos de la Junta, representación de la sensación de estar constantemente vigilados por el régimen, ojos que parecen salidos del libro de George Orwell 1984. Las siluetas de Eugenia se insertan en este mismo proceso: su instalación El Secreto está formada por cuerpos que parecen cadáveres brotados de la tierra para pedir justicia, sus caras son una muda acusación a los que han permitido que todo eso ocurriese; los rostros marrones que nos miran desde las paredes de su instalación nos fijan en los ojos y su dolor es tan evidente que no se puede huir, que nos compromete.

La acción represiva de la junta fue, entre otras cosas, un intento de despersonalización: secuestrar el subversivo no era sólo matar un enemigo, sino extirpar sus ideales, borrar su identidad. La historia trágica de los desaparecidos no es la de un héroe sacrificado por la patria sino la de una multitud de figuras sin un rostro definido, sin rasgos reconocibles porque los desaparecidos fueron 30.000 y nadie se puede considerar más representativo de otros: todos tenían el mismo valor, la misma importancia como seres humanos, el mismo derecho de seguir viviendo y de ser, ahora, recordados. Por esto, el arte de los desaparecidos retrae con constancia víctimas todas iguales, muchas veces sin caras o con los ojos tachados de blanco, porque ese es el mensaje: fueron ellos pero hubiera podido ser cualquiera.

La homologación de los seres representados significa entonces eso y en las pinturas aparecen vestimentas abandonadas que hubieran podido ser de cualquier persona, piernas, brazos y manos multiplicados, que son de todos y no son de nadie, que sugieren sólo la vastedad del genocidio, y no lo personalizan. Las cabezas aparecen envueltas en garzas, no tienen expresión, no tienen deseos, los órganos de los cuerpos son amontonados en una comunidad de cadáveres sin identificación. Esta otra característica muy típica del arte en reacción a la junta es debida quizás al gran impacto que causó el encontrar, en Buenos Aires, muchísimas fosas comunes, ya que una de las formas para hacer desaparecer definitivamente a los jóvenes secuestrados era la de quemarlos con queroseno y enterrarlos todos juntos.

Los desaparecidos se vuelven simples siluetas, o escritas repetidas que simbolizan la casualidad de su elección. Y las siluetas son a su vez títeres y fantoches desarticulados, marionetas insensibles para poder aguantar el dolor. Estas características aparecen también en algunos monumentos creados por el pueblo como homenaje a los desaparecidos, como en la recostrucción cerca del Parque Lezama del espacio donde estuvo el Centro Clandestino de Detención Club Atlético. En una columna de la autopista que fue construida en el lugar han sido recortadas en el acero y pegadas como cuerpos amontonados unas siluetas que, de alguna manera, nos recuerdan los toraces y las caras de los  personajes que actuan en El Secreto. Los rostros de El Secreto son nuestra conciencia que ya no puede ser silenciada, son los fantasmas dormidos de nuestro sentido de culpa, son aquellas debilidades que no admitimos nisiquiera a nosotros mismos. Heredar un masacre no es simple, todos los hijos de judíos asesinados en los campos de concentración alemanes lo saben, así como lo están aprendiendo todos los argentinos. Siempre se quisiera que el horror fuera de otro, fuera ajeno, pero la instalación de Eugenia, ritual y homenaje, es la toma de conciencia de que los cadáveres que no han tenido digna sepultura en la tierra de una patria justa y responsable, siguen brotando del alma de cada uno. El alma no es sitio para enterrar: es sitio para comprender y perdonar, cuando perdonar se puede, pero los cadáveres suspendidos entre nuestras pesadillas y la aceptación necesitan ser sacados afuera, para no hacernos morir con ellos. Así los sacó afuera Eugenia, usando su propio cuerpo y los cuerpos de sus amigos, de sus estudiantes, para dar medida y dimensiones a unas sensaciones, unas aparencias, unos miedos, unas necesidades que ella sentía. Pero lo que trabaja Eugenia no es instintualidad pura sino naturaleza y artificio, lo natural y lo humano. Los cuerpos que brotaron de su alma ella los esculpió en la belleza, los modificó hasta hacerlos objetos de arte, cargados de sentidos, símbolos fuertes, metáfora de toda una nación, un templo para la reflexión en silencio sobre las culpas que cargamos, una propuesta plástica de donde salir habiendo abandonado nuestra pesadumbre en un desafío catártico con nuestra conciencia. En esto el arte sobre los desaparecidos tiene un poder inmenso: el poder de romper el pacto de silencio, el miedo que paraliza la búsqueda de justicia.

Muchos otros artistas argentinos se han acercado al tema enfocándolo bajo distintos puntos de vista. Un elemento que asombra por su recurrencia es, por ejemplo, el agua. En todas las culturas occidentales el agua, desde siempre, es símbolo de vida, fecundidad y regeneración: su efecto benéfico limpia y purifica, bautiza y genera[2]; desde el océano primordial surgió la vida animal, en el líquido amniótico somos gestados y líquido es el primer alimento que asumimos. Todo lo viviente procede del agua ya que este elemento circula a través de toda la naturaleza en forma de lluvia, vapor, rocío, leche, sangre. El río, en particular, o el mar, encierran toda una simbología correlata a la circulación, al carácter transcurrente y vital de la energía. En la iconografía argentina de los últimos 25 años no es así. La mayoría de los desaparecidos fueron arrojados desde aviones militares al Río de la Plata, levemente anestesiados, y encontraron la muerte con ahogo y devorados por los peces. Desde que esta bárbara costumbre de la junta fue revelada, la concepción del agua para los argentinos no fue más la misma. La imagen quizás más directa y brutal, ejemplo vívido de hasta qué punto un acontecimiento del pasado puede marcar el imaginario cotidiano, es una pintura de Margarita Paksa, donde la autora escoge, para publicar en una edición en memoria de los desaparecidos, la imagen de unos grifones abiertos de donde sale pelo humano.

También el topos de la madre es, por supuesto, muy presente en este arte, donde la figura de las Madres de Plaza de Mayo es conectada al valor, a la esperanza, a la justicia, a la protesta militante. Las Madres tienen en el pasado figuras míticas entre sus predecesoras: la madre que busca al hijo y llora su desaparición se asocia a Anticlea, madre de Ulises que, por no soportar el dolor de su pérdida, se ahoga hundiéndose en el mar Egeo frente la impotente Penélope. Y otra figura matriz de la madre dolorida, más allá de María, quebrantada madre de Jesús, y muy encarnada en la cultura latinoamericana, es la de “la llorona”, personaje casi mitológico de una madre que llora el hijo muerto. La Llorona es la prosopopeya del duelo ya que, según se considera, la pérdida de un hijo es el dolor más grande que puede enfrentar un ser humano. Por esta razón las representaciones del arte en oposición a la dictadura están llenas de mujeres con el pañuelo blanco: el pañuelo se ha vuelto símbolo de las Madres de Plaza de Mayo y de su lucha por la justicia. Ese pañuelo era originariamente una forma de identificarse entre ellas, al encontrarse la primera vez, y para hacerlo usaron los pañales de sus hijos. Con los años han escogido identificarse con ese tejido blanco, para contraponerlo al color negro de los pañuelos a luto. Otra contraposición esencial es la del gorro militar y el pañuelo de las madres. Una vestimenta, entonces, con alta carga simbólica: recuerdo del hijo desaparecido, memoria de su niñez, del contacto cálido entre mamá y bebé, y al mismo tiempo luz clara de esperanza. Así el pañuelo ha entrado poderosamente en el imaginario popular argentino y su representación en las pinturas es constante. Muchas son las imágenes con las pancartas que siempre acompañan las madres: las fotos de los hijos con los nombres y la fecha de desaparición se han vuelto otro icono en las representaciones. Una explicación psicológica a la muestra constante de las fotos de los desaparecidos por sus madres es la consecuencia de que, en sus mismas casas, a veces, las madres tenían que ocultar las fotos de los hijos cuando recibían las visitas de los familiares, para evitar a los nietos chiquitos el sufrimiento y también porque, a veces, muchos entre los otros familiares preferían olvidar o lo consideraban más prudente. Como una forma de desahogo, ahora, las caras de los desaparecidos aparecen, muy seguido, en la Plaza de Mayo, en todas las manifestaciones de derechos humanos, en los festivales, en los recitales. En fin, todo el dolor de una madre es sintetizado en un personaje del cuadro Guernica (1937) de Picasso: desesperada, tiene entre sus brazos el hijo muerto. En esa figura se ha basado Luis Felipe Noé con un collage que retoma esa famosa pintura para actualizarla a la situación Argentina.

Las consignas de las Madres de plaza de Mayo son entre las palabras que con más frecuencia recurren en las pinturas, los carteles, los afiches; otras, en cambio, abarcan el campo de los derechos humanos, de la importancia de la memoria, o son la imagen visiva de lo que la Argentina ha perdido: largos años tachados de negro, un agujero negro en su historia. La acción artística de estos pintores está en la voluntad de afirmar algo que por largo tiempo no se hubiera podido escribir nunca.

El nacionalismo siempre ha sido uno de los rasgos más comunes en los gobiernos militares: en Argentina este fenómeno ha sido enfatizado por la “batalla” que la junta había decidido combatir contra lo distinto, lo extraño, lo “invasor”. El arte de reacción a la junta incluye esta característica entre sus recursos: muchas veces aparecen: la bandera argentina, los símbolos nacionalistas o el perfil del país, pero, en todos los casos se le añaden símbolos de muerte, calaveras, huesos, cadáveres. La nación quedó manchada de una culpa inexpiable, la carne descompuesta de los enterrados fertiliza el suelo del país quien es regado por aguas infectas de los cadáveres: la geografía misma devuelve este macabro humus. En Argentina, durante los primeros años de la democracia, había un dicho: “Uruguay devuelve”; estas palabras querían significar que muchos de los cadáveres de los desaparecidos fueron devueltos por las playas uruguayas. Los artistas han representado este sentimiento dibujando en los contornos de una Argentina recortada personas que gritan, calaveras, personificaciones de la muerte. También los cuerpos de El Secreto son orgánicos, brotan de la tierra y llevan su color, hacen parte del territorio argentino, son el humus de la nación. Son cuerpos de piel áspera, la misma piel de la tierra, que se deshace, se desmigaja con un roce demasiado fuerte, son cuerpos sólidos pero fragiles, precarios, como todos nuestros cuerpos vivientes. Tenemos que acordarnos que, como ellos, somos polvo, y nos vamos a disolver en la tierra, en su pulpa marrón vamos a encontrar descanso, si nuestra conciencia nos permitirá descansar. A alguien no le será permitido descansar: los militares culpables que son acusados también por muchos artistas en sus obras.

En las representaciones hechas en reacción al gobierno represor, por supuesto, la junta es el primer incriminado: abundan, entonces, las figuras de las fuerzas armadas en actitudes negativas, con expresiones agresivas y atropelladoras. También  se pueden encontrar representaciones de los centros clandestinos de detención más famosos como la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada). Los militares son acusados en su totalidad, o , a veces, son escogidos Videla, Massera y Agosti como sus representantes. Además, los personajes de las fuerzas armadas son simbolizados muchas veces en combinación con Menem, por el indulto que el ex-presidente argentino concedió a los comandantes. La presencia de la cara de Videla en tantas pinturas es interesante porque es síntoma, quizás, de una reacción al hecho que, a nivel internacional, la imagen del dictador argentino no es muy conocida, a diferencia, por ejemplo, de la del general chileno Augusto Pinochet. Si este fenómeno hace parte de una especie de “indulto mental” dado al hombre símbolo de la junta militar, los artistas que pintan su cara gritan su culpa en las aberraciones cometidas.

La desaparición de los cuerpos, en Argentina, tiene una fecha muy lejana en el tiempo. Muchos fueron los cadáveres argentinos que desaparecieron, por largos o breves períodos, muchos los personajes políticos que murieron en el exterior: el mismo San Martín, por ejemplo, o el caudillo Rosas, que murió en Inglaterra. Cuerpos como él de Evita y él de Perón seguían teniendo un altísimo poder sobre las masas, de muertos también.

Cuando su corporalidad es todo lo que queda, el pueblo transforma el cadáver del gran hombre político en fetiche erótico. En algunos casos los cuerpos muertos pudieron más que de vivos: es el caso del “Che”. Una vez que lo mataron el cuerpo fue objeto de devoción popular, sobretodo después de las famosas fotos del guerrillero muerto en Bolivia. Se hicieron varias autopsias, algunos hasta hablan de que el comandante boliviano que estaba a cargo del operativo se llevó algún recuerdo del cuerpo del “Che”, pero lo cierto es que para crear un mito se tiene que hacer desaparecer un cuerpo: Guevara estaba en todos lados porque no se sabía su exacta ubicación. Y el comandante está, además, siempre presente en la iconografía latinoamericana, y, en particular, en la referida a los desaparecidos también, pues se lo identifica con los guerrilleros montoneros muertos en Argentina. El “Che” es también asociado a la figura del Cristo y, en esas vestiduras, lo vemos representado en una cruz o caminando como Jesús durante el calvario entre las Madres con sus afiches.

El desaparecido es entonces, al mismo tiempo, asociado a la figura del Cristo, desde siempre emblema del hombre tratado injustamente. La imagen de Cristo que muere por un ideal, salvar la humanidad, puede ser vista en paralelo con el sacrificio y consecuente martirio de tantos muchachos jóvenes argentinos que querían cambiar las injustas estructuras socioeconómicas del país en que vivían. En Cristo son proyectados los sufrimientos de las poblaciones indígenas también, y, por esta razón quizás, es la figura más idolatrada en América latina. En las representaciones de los desaparecidos abundan las figuras crucificadas y los “cristos” del suburbio, cuyo evangelio es “pan y trabajo”. Además, otras figuras religiosas son pintadas a símbolo del sufrimiento de toda una nación; la Virgen que le da el nombre a la ciudad de Buenos Aires, o un San Sebastián singular: una de las pinturas que tomé en análisis en mi búsqueda sobre este tema ha sido realizada sobre una página del listado de números de teléfonos de la Capital Federal a indicar la casualidad con que los secuestradores escogían sus botines y al mismo tiempo la magnitud del fenómeno. Encima de los ciudadanos cualquiera, el artista pinta un cuerpo traspasado de flechas: el martirio es la poderosa metáfora para el país.

Si bien la religiosidad de estas imágenes es muy fuerte, al mismo tiempo encontramos una actitud muy diferente hacia los representantes de la Iglesia pintados en las obras: muchos son los eclesiásticos que aparecen, y siempre en una actitud negativa. La Iglesia se ha manchado, en Argentina, de gravísimas culpas por haberle brindado apoyo a los militares y esto es evidente en la repetida presencia de la cruz junto con símbolos militares como espadas y banderas en las representaciones artísticas. Como verdaderos jefes de cruzadas los miembros de la junta se proponían como los defensores de los ideales cristianos y occidentales (y por lo tanto “civilizados”) en contra de los “bárbaros” comunistas que venían a tomar una imagen de “anticristo”. El estudioso Frank Graziano[3] ha subrayado el paralelo que se puede hacer entre el golpe del 1976 y la caza de las brujas y de los heréticos en el medioevo. En efecto, los reyes cristianos tenían la intención de luchar contra ateos en el nombre de Dios, empleando modales que podríamos definir, eufemísticamente, brutales. El empleo de la violencia, por extirpar el demonio en sus distintos disfraces y convertir los descreídos en buenos cristianos sometidos, ha sido la meta y el éxito de los primeros conquistadores del nuevo mundo también, que, como se sabe, han pasado a la historia bajo la imagen, muy locuaz, de “cruz y espada”. Curiosamente, esta imagen, muy presente en el imaginario colectivo de toda América Latina, aparece en más de una ocasión conectada con el arte que trata la temática de los desaparecidos, como si desde esta figura hubiera comenzado un destino de violencia para todo el continente.

Y sin duda, un cierto aire medieval y una fuerte carga religiosa se percibe de manera asombradora al entrar en el templo-instalación de Eugenia. No olvidemos el judaismo que está detrás de la historia de Eugenia. Con su obra Eugenia va más allá de varias proibiciones: transgredió trabajando con entierro y desentierro y transgredió reproduciendo el cuerpo humano. La transgresión no fue voluntaria pero sin embargo quebró unos tabúes. Venir del silencio es tener que descubrir tu identidad: Eugenia siente que no tuvo alternativa, la sepultura que ella le dió a sus muertos con su obra, los volvió más reales. Eugenia recuperó su conciencia como pudo, lo mejor que pudo, dándole dignidad a su pasado, a su historia, a sus fantasmas. Ella dice: “Si no hay testimonio la historia se puede desaparecer”: el desarrollo artístico de Eugenia tiene que ver con una actitud de protesta creativa, un deseo de formar advertencia, armar una trama de denuncia. El arte de Eugenia busca una forma de compartir la necesidad de soportar la memoria, y ella logró transformar las pequeñas señales que estaban a su alrededor en arte. El contacto con la muerte y el asesinato produce terror, miedo, tristeza, pero Eugenia alquémicamente transformó la tragedia en arte, en comunicación, en conocimiento. La violencia silenciada buscó imagenes para ser expresada y Eugenia las concretizó en símbolos simples pero inmediatos, eficaces. El cuerpo desgarrado de quiebres, rupturas, llagas, heridas es una forma orgánica presentada como obra de arte por Eugenia que concretiza el dolor en la materia, la bronca en una forma, la necesidad de justicia en una imagen.

La obra de Eugenia Bekeris es un personal intento de ir más allá de la incapacidad de sus padres de hablar de un pasado doloroso. La artista argentina ha elegido, además, la figura de la máscara y el color cálido de la terracota para lograr “una exhumación y entierro metafórico de mis parientes y un renacimiento de mí misma”[4]. La elección de las máscaras se basa, además, sobre la personal poética de la autora que lleva años trabajando con la realización de este arte, pero también para enfrentarse al antiguo mandato contra la representación de la figura humana: los rostros marrones, llenos de tierra, hojas, polvo son al igual que las antiguas máscaras mortuorias una forma de retraer la muerte y sellar un ciclo de duelo aún inconcluso.

Usemos la obra de Eugenia para volver a empezar una comunicación con nosotros mismos, con nuestra conciencia. Tomemos sus hermosas máscaras, sus escalofriantes personajes, para emprender un camino hacia el descubrimiento de nuestros propios “secretos” para poder dar en fin sepultura a nuestros fantasmas interiores. Sabremos que la verdad duele, pero que es la unica posibilidad que tenemos para pasar a través de esta vida haciendo algo más que sobrevivir.

 



[1] Ver, para estas citas, el librito  El secreto,edición de la autora, que acompañó la instalación en el septiembre de 2000.

 

[3] Graziano, F., Divine Violence, San Francisco, Oxford Press, 1992.

[4] Ver El secreto, catálogo de la exhibición, Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires, 1995.